Sentidos de las Abejas

Solapas principales

KARL von FRISCH
Profesor de Zoología de la Universidad de Munich
 
LAS   ABEJAS

SU VISION,  SENTIDOS QUÍMICOS Y LENGUAJE
capítulo I

EL SENTIDO DEL COLOR EN LAS ABEJAS

La abeja de miel, viviendo en su colmena, es un insecto sociable. En un colmenar común hay alrededor de sesenta mil abejas, pero solamente una de ellas es una hembra completamente desarrollada. Se trata de la reina, el único insecto de la colonia que pone


 

huevos. Los machos o zán­ganos son más grandes, más voluminosos y un poco tontos y haraganes. Todas las abejas restantes son obreras (Fig. 1). Las obreras, en circunstancias normales, son incapaces de poner huevos, ya que sus ovarios son pequeños y rudimentarios; pero en otros aspectos son hembras, con los instintos típicos de las hembras. Realizan todo el trabajo de la colmena: alimentan las larvas, construyen el panal, son las sirvientas de la colmena; y son solamente estas abejas obreras quienes salen  a recolectar el néctar y  el polen que servirán de ali­mento para la colonia.

FIG. 2.  Izquierda: Flores  de heno, ejemplo  de  flores  polinizadas  por el viento.

FIG.  3. Derecha: Las  flores  polinizadas por los  insectos son  las  más grandes y de colores más llamativos.

Las abejas obreras encuentran el alimento visitando flores. Algunas de ellas recolectan gotitas de néctar con una alta concentración de azúcar. Otras recolectan polen, ya que también necesitan proteínas para el crecimiento de las larvas. Pero al tomar su alimento, no se comportan como ladronas.

Proceden con reciprocidad y realizan un servicio a las plantas —la polinización— al volar de una flor a otra y transportar el polen adherido a sus cuerpos.

Es bien sabido que hay dos tipos principales de "flores" entre las plantas superiores. Muchas plantas tienen pequeñas flores verdes carentes de todo aroma, y el transporte del polen es efectuado por el aire (Fig. 2). Estas plantas produ­cen una gran cantidad de polen, el cual es dispersado por el viento y llega por casualidad a otras flores de la misma

FIG. 4. El néctar es producido en el fondo de la flor, de modo que los insectos visitantes se ponen en contacto con el polen al succionarlo.

especie. Otras plantas poseen flores llamativas y de colores brillantes, o un perfume muy atractivo o ambas cosas a la vez; esto es lo que comúnmente llamamos flores (Fig. 3). Solamente estas flores producen néctar y reciben por lo tanto la visita de los insectos, quienes efectúan la polinización al volar de una flor a otra (Fig. 4). Los biólogos han creído durante largo tiempo que las flores poseen color y perfume para resultar más atractivas a los insectos que las visitan. De esta manera, los insectos pueden encontrar las flores y obtener su alimento con mayor facilidad, y así también se asegura la polinización.

Pero este punto de vista no ha sido aceptado por lodos los biólogos. Alrededor de 1910, un oftalmólogo famoso, el Prof. C. von Hess, realizó numerosos experimentos con peces, insectos y otros animales inferiores. Los examinó bajo con­diciones fuertemente fototácticas—es decir, en circunstancias en que se dirigieran hacia la más brillante entre las luces disponibles. Encontró que en un espectro luminoso, los ani­males siempre se agrupan en la región verde-amarillenta, que es la parte más brillante del espectro para un ojo humano incapaz de distinguir colores. Por lo tanto afirmó von Hess— los peces e invertebrados, y en particular las abejas, son totalmente insensibles a los colores. Si esto fuera exacto, los colores de las flores carecerían por completo de signifi­cado biológico. Pero yo no lo podía creer, y el escepticismo fue la primera causa que me llevó hace aproximadamente cuarenta años a emprender estudios sobre las abejas. Trató de descubrir si las abejas poseen un sentido del color.

Por medio del olor a miel es posible atraer a las abejas hacia una mesa de experimentación. Allí podemos alimen­tarlas sobre un trozo de cartón azul, por ejemplo. Ellas chupan el alimento y después de transportarlo hasta la col­mena, se lo dan a las otras abejas. Las abejas regresan una y otra vez a la rica fuente de alimento que han descubierto. Les permitimos hacer esto durante un tiempo y luego reti­ramos el cartón azul perfumado con miel y colocarnos dos trozos nuevos y limpios en el primitivo lugar de alimentación —a la izquierda un cartón azul y a la derecha uno rojo. Si las abejas recuerdan que habían encontrado alimento sobre uno azul, y si pueden distinguir entre el rojo y el azul, ten­drían que posarse ahora sobre el cartón azul. Esto es pre­cisamente lo que ocurre (Fig. 5).

Este es un experimento antiguo. Indica que las abejas pue­den distinguir colores, pero no demuestra que tengan un sentido del color, o percepción del color, ya que ambas cosas no son siempre equivalentes. Existen, por ejemplo, personas  que son completamente ciegas a los colores. Las mismas ven los objetos como nosotros los veríamos en una fotografía en blanco y negro. No obstante, pueden distinguir el rojo del azul, ya que el rojo les parece muy oscuro y el azul más claro. De esta manera no podemos saber a través del experi­mento que acabo de describir, si las abejas han distinguido el rojo del azul por el color o por el matiz, como lo haría una persona ciega a los colores.

FIG.  5. Las  abejas  previamente  alimentadas  sobre  una tarjeta  azul colocada en el medio de la mesa   (x), se posan sobre el cartón azul limpio  desprovisto de alimento  (izquierda).
Lo distinguen del cartón rojo  (derecha).

Para una persona completa­mente ciega a los colores, cada color parece un gris de un cierto grado de claridad. No sabemos en realidad qué puede ser el matiz de nuestros diversos trozos de cartón coloreado para un insecto incapaz de distinguir colores. Por esta causa realizaremos el siguiente experimento.

Sobre nuestra mesa colocamos un cartón azul y a su alre­dedor distribuimos cartones grises de todas las tonalidades comprendidas entre el blanco y el negro. Sobre cada cartón ponemos un pequeño vidrio de reloj, pero solamente el platillo de vidrio que se encuentra sobre el cartón azul contiene alimento (agua azucarada). De esta manera habitua­mos a las abejas a visitar el color azul. Como las abejas poseen muy buena memoria para los lugares cambiamos con frecuencia las posiciones relativas de los cartones. Pero el azúcar es siempre colocado sobre el cartón azul, de manera que en lodos los casos el color indica dónde se encuentra el alimento. Después de algunas horas, realizamos el experimento decisivo. Los cartones y los platos de vidrio ensuciados por las abejas son retirados. Colocamos sobre la mesa una nueva serie de cartones limpios de distintas gradaciones de gris —cada uno con un platillo de vidrio vacío— y entre ellos colocamos al azar un cartón azul limpio que contenga, como los otros, un platillo vacío. Las abejas recuerdan el color azul, distinguiéndolo de todas las demás tonalidades de gris. Esto significa que poseen un verdadero sentido del color.

Este tipo de experimento ha sido criticado sobre la base de que el cartón azul podría tener un olor específico por el cual las abejas podrían reconocerlo. Nosotros no podemos percibir ningún olor, pero esto no significa que sea inodoro para las abejas. Tenemos que tener en cuenta, por lo tanto, la posibilidad de que las abejas encuentren el cartón azul por el olor y no por el color. Pero esto es inexacto, ya que podemos repetir el experimento colocando una lámina de vidrio sobre los cartones; si existiera algún olor, éste no podría pasar a través del vidrio. Pero el resultado que se obtiene del experimento, es exactamente el mismo (Fig. 6).

Al habituar a las abejas a buscar el alimento sobre cartones anaranjados, amarillos, verdes, violetas o púrpura, se obtiene el mismo resultado positivo. Sin embargo, si tratamos de enseñar a las abejas a hallar su alimento sobre un cartón rojo escarlata, se posan no sólo sobre el cartón rojo sino también sobre los cartones negros y grises oscuros de nuestro esquema. De estos experimentos, resulta evidente que las abejas poseen un sentido del color, pero que éste no es exac­tamente igual al de un ser humano normal.

Para descubrir algo más acerca de la naturaleza de la percepción del color en las abejas, modificamos nuestro expe­rimento. Habituamos a las abejas a encontrar alimento sobre tárjelas azules y luego colocamos sobre la mesa todas las tarjetas coloreadas que tengamos a mano, con excepción de las de color gris. Las abejas buscan el azul, pero es sorprendente ver que son incapaces de hallarlo con precisión. Confunden las tarjetas azules con las violetas y las púrpuras. Más aún las abejas adiestradas con el amarillo se posan solamente sobre tarjetas amarillas sino también

sobre anaranjadas y verdes. Parece que para el ojo de la abeja el anaranjado, el amarillo y el verde son un mismo color, y que nuestras tarjetas amarillas son para ellas de un color más saturado, y por eso aparentemente más llamativo, que el anaranjado o el verde. Las abejas que han sido adiestradas con el azul, el púrpura o el violeta parecen encontrar el azul y el púrpura más atractivo que este último (von Frish, 1915).

En 1927, el Profesor A. Kühn repitió mis experimentos de adiestramiento, pero en lugar de tarjetas coloreadas empleó un espectro óptico. Pudo confirmar mis resultados: las abejas son ciegas al rojo, pueden distinguir otros colores de todas las gradaciones de gris, y confunden el amarillo con el anaranjado y el verde, o el azul con el viólela, Pero empleando colores espectrales, descubrió dos nuevos hechos: en primer lugar notó que hay una tercera cualidad de color en la estrecha región azul-verdosa (480-500 mµ). Las abejas, adiestradas con el azul-verdoso no lo distinguen del azul y del amarillo. Yo había pasado por alto este aspecto, por no poseer tarjetas adecuadas de este color azul-verdoso. En se­gundo lugar descubrió una cuarta cualidad en el campo ultra­violeta. Si las abejas son alimentadas durante algún tiempo sobre la mesa de experimentación bajo luz ultravioleta, se posan sobre todo lugar irradiado con ultravioleta, no obstante ser esta luz invisible para nosotros. Distinguen además el ultravioleta de todas las tonalidades de blanco o gris, Es un color claramente perceptible para ellas.

Si comparamos el sentido del color en las abejas y en los hombres, encontramos que el espectro visible se acorta para las abejas en el rojo y que se entiende en la zona ultravioleta. De este modo la región visible está simplemente desplazada hacia las longitudes de onda más cortas. Pero una diferencia mucho más importante es que el ojo humano puede distin­guir alrededor de sesenta colores distintos en el espectro vi­sible, mientras que la abeja aparentemente sólo ve cuatro cualidades diferentes de color: amarillo, azul-verdoso, azul y ultravioleta (Fig. 7).

Es interesante considerar los colores de las flores en re­lación con el sentido del color de las abejas. Podemos así comprender por qué es tan poco frecuente encontrar flores de color rojo-escarlata en Europa, donde los insectos visitan­tes son ciegos al rojo. Sin embargo, hay muchas flores rojo-escarlata en América y en África; pero mucho antes de que hubiéramos aprendido algo acerca del sentido del color de los insectos, se sabía que esta tonalidad de rojo es típica de las flores visitadas por pájaros. Sabemos por los experimentos de Honigmann, que los ojos de los pájaros son especialmente sensibles al rojo.

Muchas de las flores que en Europa llamamos rojas son realmente púrpuras y parecen azules a las abejas. Hay tam­bién unas pocas especies de plantas en Europa con flores de un color rojo más claro 1. Hace ya mucho tiempo los bió­logos descubrieron que estas mismas flores eran visitadas y. polinizadas por mariposas. El sentido del color de las mari­posas ha sido estudiado recientemente por la Dra. Dora Ilse, quien descubrió que las mariposas son los únicos insectos, según sabemos, que no son ciegos al rojo. Otra aparente excepción a la regla es la amapola (Papaver), que es frecuentemente visitada por las abejas, a pesar de que sus flores son de color rojo-escarlata.

FIG. 7. Los colores de un espectro óptico para el ojo humano (arriba) y para  el ojo de la abeja  (abajo).
Los números indican la longitud de   onda   de   la   luz   en   milimicrones   (un   micrón   =   0,0001   cm   o 1/25.000 pulgadas).

Pero las amapolas reflejan los rayos ultravioletas de la luz solar. Es posible demostrar mediante experimentos adecuados que las abejas adiestradas con las flores de la amapola están en realidad reconociendo la luz ultravioleta reflejada (Lotmar, 1933). Nosotros no percibimos esa luz, y vemos allí solamente el rojo. Las abejas, en cambio, no perciben el rojo y sólo ven el ultravioleta. Por eso, las abejas, a pesar de ser ciegas al rojo, ven sin embargo las amapolas como flores coloreadas; para ellas poseen el color ultravioleta.

1 Por ejemplo Adenostyles alpina Bluff et Fingerh., muchas es­pecies del género Dianthus, Daphne striata Tratt, Erigeron uniflorus L., Erigeron alpinus L., Si/ene acantis Jacq., y Viscaría alpina G. Don.

Existen ciertas plantas que poseen flores poco llamativas y que son sin embargo visitadas por muchas abejas, como ocurre por ejemplo con el arándano (Vaccinium myrtillus) y la viña virgen (Ainpelopsis quinquefolia Michaux).

Se podría suponer quizás que estas flores poseen un aroma atractivo para las abejas, de manera que pudieran ser loca­lizadas por el sentido del olfato. Pero para nosotros son inodoras y puede demostrarse que también lo son para las abejas. En experimentos realizados por mí hace algunos años, descubrí que el color de las flores verdes del arándano cambia mucho para las abejas si eliminamos los rayos ultra­violetas, colocando un filtro de color sobre las flores. Aunque todavía no he podido examinar las flores del arándano con un espectrógrafo, creo, sin embargo, que para las abejas poseen probablemente el color ultravioleta.

La respuesta de las abejas al estímulo de las flores blancas es un poco más complicada. Es siempre muy fácil adiestrarlas para un color verdadero, pero habituarlas a papel o cartón blanco es algunas veces fácil y otras muy difícil. Este hecho peculiar fue explicado por la Dra. Mathilde Hertz 11937 a, b, c, 1939), quien al probar diversos papeles blancos, encon­tró que algunos de ellos absorbían los rayos ultravioletas. Con estos papeles las abejas podían ser adiestradas con mucha facilidad. Pero otros papeles blancos reflejaban el ultravioleta, del mismo modo que lo hacían con los rayos vi­sibles para nosotros. Este blanco no podía ser recordado por las abejas y no podían aprender a distinguirlo con certeza de otras tonalidades de blanco y gris. No obstante, el ojo hu­mano no puede distinguir los dos tipos de blanco. Para comprender estos hechos tenemos que tener en cuenta la naturaleza del "blanco".

La luz proveniente del sol parece blanca; pero si la hace­mos pasar a través de un prisma, los rayos luminosos emergen ordenadamente de acuerdo con sus correspondientes longi­tudes de onda, obteniéndose un espectro óptico coloreado. Si reunimos nuevamente los rayos coloreados por medio de una lente, obtenemos otra vez el color blanco. De este modo la luz solar parece blanca al ojo humano.

FIG. 8. La luz blanca enviada a través de un prisma se ordena de acuerdo con las longitudes de onda formando un espectro óptico (arriba).
Unida nuevamente por un lente, la luz vuelvo a hacerse blanca (centro). Sin los rayos azules la luz se ve amarilla (abajo).

Si sacamos un color determinado, los restantes no formarán ya el blanco al ser reunidos. Si sacamos el amarillo, la luz restante parece azul, siendo el amarillo el color que llamamos complementario del azul (Fig. 8).

Esto mismo podría muy bien verificarse para los ojos de las abejas, lo que significaría que la luz blanca para el ojo de la abeja tendría que contener todas las longitudes de onda visibles para ella. Pero hemos visto que las abejas son sensibles a los rayos ultravioletas. Si se saca el ultravioleta, la luz restante deja de ser blanca para las abejas, y adquiere un color complementario al ultravioleta —probablemente, el azul-verdoso—. Parece que la luz blanca que contiene todas las longitudes de onda visibles para la abeja no la atrae; evi­dentemente la luz debe ser coloreada para atraerla. A este respecto, resulta interesante el hecho de que casi todas las flores blancas absorben los rayos ultravioletas, y en cambio las flores amarillas y azules a menudo los reflejan fuertemente. Es por eso que la mayoría de las flores que nos parecen blancas son coloreadas para las abejas y probablemente les parecen azul-verdosas.

 
Se puede ver que los colores de las flores se han desarro­llado como una adaptación al sentido del color de sus visi­tantes. Es evidente que no han sido diseñados para el ojo humano, lo cual no nos impide deleitarnos con su belleza.

En Austria, como también en Alemania, los apicultores agrupan todas sus colmenas y las colocan una encima de otra para formar un colmenar. En un colmenar grande con muchas colmenas resulta un poco difícil para las abejas que se dirigen a su hogar encontrar su propia colmena; en realidad, muy a menudo vuelan desorientadas de una col­mena a la otra. La mayoría de las veces esto carece de importancia, porque las abejas portadoras de miel son bien­venidas en todas partes. Pero algunas veces surgen peleas y las abejas intrusas pueden llegar a ser muertas a picotazos. Una reina que regrese de un vuelo de orientación o de un vuelo en busca de compañero, corre gran peligro; si se posa sobre una colmena que no es la suya, encuentra la muerte. En nuestro país se ven, por eso, a menudo, colme­nas pintadas de distintos colores para ayudar a las abejas a reconocer sus hogares. Pero no todos los apicultores concuerdan en que este procedimiento sea útil.

Para estudiar este problema, coloqué un enjambre de abejas en una de las colmenas de una hilera de colmenas blancas vacías y cubrí el frente de la misma con una lámina de metal azul. A la derecha había una colmena que cubrí con una lámina amarilla, y a la izquierda, una colmena blanca. Después de algunos días, decidí cambiar los colores. Pero ni me hubiera limitado a intercambiar las láminas coloreadas, y si las abejas se hubieran dirigido entonces a la colmena que no les correspondía, yo no hubiera podido saber si estaban siguiendo al color azul o al olor que dejaron las abejas en la lámina azul. Por eso, la parte posterior de la lámina azul fue pintada de amarillo y la parte posterior de la amarilla, de azul. De este modo, podía cambiar los colores dando vuelta cada hoja, sin cambiarlas de colmena. Después de haber invertido de este modo ambas láminas de metal, pude ver que muchas abejas se dirigían a la colmena vacía, que ahora era azul. Otras abejas vacilaron y, después de un cierto tiempo, volaron hacia la colmena correcta, a pesar de encontrarse con la lámina amarilla (Fig. 9).

Pensé que quizás las abejas prestaban atención no sólo a su colmena sino también a las vecinas. En ese caso mi experimento debió confundirlas. Las abejas estaban acos­tumbradas a dirigirse a una colmena azul con una amarilla a la derecha y una blanca a la izquierda. Ahora veían una colmena azul con una amarilla a la izquierda y una blanca a la derecha. Se encontraron ante una disposición distinta y esto explicaba quizás por qué algunas de ellas vacilaron, y encontraron finalmente la colmena correcta, guiadas por el sentido del olfato. Repetí, por esta causa, el experimento de manera distinta. Di vuelta la lámina azul (de manera que resultara amarilla) pero trasladé la lámina amarilla inver­tida (que ahora aparecía azul) del lado derecho al izquierdo. Las posiciones relativas de los colores eran ahora las mis­mas; las abejas encontraron nuevamente una colmena azul con una amarilla a la derecha y una colmena blanca a la izquierda de la azul (ya que todas las colmenas de la fila eran blancas con excepción de aquellas marcadas con mis láminas de metal).

fig. 9. Arriba: Hay una colonia cíe abejas en la colmena azul (4) situada entre la blanca y la amarilla, que están vacías.
Abajo: Ivirtiendo la hoja azul, cuyo reverso ha sido pintado de amarillo, e invirtiendo igualmente la hoja amarilla,
cuyo reverso es azul, los colores de las dos colmenas quedan intercambiados.
Muchas abejas se introducen en la colmena incorrecta (5) siguiendo el color al cual han sido habituadas.

Bajo estas circunstancias, todas las abe­jas, sin excepción, se posaron en la colmena incorrecta y entraron en ella a pesar de encontrarse completamente va­cía (Fig. 10). Podemos ver a través de este experimento que una colmena pintada es en verdad una señal muy buena para ayudar a las abejas a reconocer su colmena y distin­guirlas de las otras de la vecindad (von Frisch, 1915).

FIG. 10. Arriba: El esquema inicial de colores formado por la colmena azul (4), que está ocu­pada por las abejas, y las colmenas adyacentes. Abajo: El color de la colmena (4) ha sido transformado en amarillo, invirtiendo su hoja de metal, y la hoja amarilla que cubría la col­mena (5) ha sido invertida y trasladada a la colmena (3), que ahora resulta azul. Todas las abejas provenientes de la colmena (4), que regresan al hogar, se introducen ahora en la colme­na vacía (3), que es azul.

¿Pero por qué están en desacuerdo los apicultores con respecto a la eficacia de las colmenas coloreadas? Simple­mente, porque no han tenido en cuenta la naturaleza del sentido del color en las abejas, como parecen haberlo hecho las flores. Vemos a menudo una serie de colmenas apiladas una encima de la otra y pintadas alternativamente de rojo y de negro. Esto forma un contraste para el ojo humano, pero para las abejas ambas parecen iguales. Lo mismo ocurre cuando se coloca una

FIG. 11. Un ejemplo que muestra cómo se deben pintar las colmenas para que las abejas puedan encontrar su bogar con la mayor facilidad posible.
Los colores empleados son: el blanco, el azul, el amarillo y el negro.

colmena verde debajo de una amarilla. En estos casos, la pintura de las colmenas no tienen efecto, ya que no existe contraste de colores para las abejas. Los apicultores deberían usar solamente el azul, el amarillo, el negro y el blanco (Fig. 11). En los lugares en que tienen que usar repetidas veces el mismo color, deberían cambiar el esquema do color formado por las colmenas adyacentes, por­que las abejas prestan tanta atención a las colmenas vecinas corno a las suyas propias. Más aún; cuando una colmena ha de ser pintada de blanco es importante elegir el blanco apropiado. Parece que el blanco de zinc es adecuado para este fin, porque absorbe los rayos ultravioletas y resulta por lo tanto azul-verdoso para las abejas. El blanco plomizo refleja los rayos ultravioletas y es de este modo efectiva­mente blanco para las abejas, y, por lo tanto, menos lla­mativo que un verdadero color.

Los apicultores de los Estados Unidos no usan colmenares y en cambio colocan sus colmenas sobre el suelo y al aire libre, a distancia considerable unas de las otras. He visto a veces una gran cantidad de colmenas emplazadas en una pradera, sin que exista a su alrededor ninguna señal llama­tiva. Ignoro si este problema habrá sido estudiado experimentalmente, pero es probable que también aquí las abejas confundan a menudo sus hogares con otras colmenas. Yo creo que pintar las colmenas de acuerdo a los principios que acabo de exponer, les resultaría tan útil a los apicultores norteamericanos, como a sus colegas europeos.

Pero volvamos al color de las flores. ¿Cuál es su sig­nificado biológico? Los biólogos han creído durante mucho tiempo, que el color juega un papel importante en la atrac­ción que ejercen las flores sobre las abejas y otros insectos. Esto, ciertamente, es exacto en lo que respecta a las abejas que salen en búsqueda de nuevas flores de las cuales obte­ner alimento. Mi colaboradora, la Dra. Therese von Ottingen (1949), instaló una colmena en un patio y se dedicó a ob­servar a un grupo de abejas que nunca habían visitado flo­res y que jamás habían tenido oportunidad de abandonar la pieza de observación. Distribuyó papeles de colores en distintos puntos de la pieza y, en otros puntos, colocó flores perfumadas que podían ser olidas por las abejas, pero que estaban cubiertas y por lo tanto no podían ser vistas. Un reducido número de abejas —las exploradoras— era atraído tanto por los colores como por las flores perfumadas. De aquí resulta evidente, que tanto los olores como los colores re­sultan atractivos a las abejas que buscan nuevos lugares de alimentación.

Nos sorprendió el hecho de que muy pocas abejas —solamente las exploradoras- — prestaran atención a las flores, o los colores y perfumes que habían sido distribuidos. En cuarenta experimentos, que duraron cuarenta y cinco horas en total, la Dra. vori Ottingen utilizó cientos de abejas y quince especies distintas de flores; pero encontró que un grupo de flores recibía la visita de solamente una o dos abejas por hora (en promedio, 1,27). El máximo alcan­zado fue de seis abejas en una hora. La gran mayoría de las abejas obreras no buscaba alimento a pesar de ser éste escaso en la colmena. Como ocurre entre los seres humanos, los pioneros parecen ser poco frecuentes en la colmena. La mayoría de las abejas prefieren esperar los descubri­mientos de unas pocas exploradoras y seguir sus instruc­ciones para la búsqueda de alimentos, tal como lo describiré en el tercer capítulo.

Pero los colores pueden tener aún otra utilidad para las abejas. Nos encontramos a menudo con flores en las cuales la entrada al conducto que contiene el néctar tiene una apariencia distinta del resto de la flor —un tinte más oscuro o más claro o, muy a menudo, un color diferente. Es notable que la diferencia de colores resulta, en casi todos los casos, de un fuerte contraste para el ojo de la abeja. En Alemania llamamos a estas manchas colo­readas Saflmale-manchas de savia—. En inglés creo que podría llamárselas "néctar guides"2(Fig. 12). Hace más de 150 años, C. K. Sprengel dedujo que estas manchas coloreadas eran señales que ayudaban al insecto visitante a encontrar el néctar. Más tarde, los biólogos se mostraron a menudo escépticos acerca de este punto. Pero yo creo que Sprengel tenía razón, ya que puede comprobarse su afirmación por medio de un sencillo experimento. Si colo­camos sobre una mesa una tarjeta grande de color azul, sobre la cual se ha pintado una pequeña mancha amarilla, esta mancha atrae a las abejas, quienes prefieren posarse sobre ella a salir en búsqueda de alimentos (W. Kellermayer)3

2        

En  castellano,  "guías  cíe  néctar".   (N.  de los  T.)

Del mismo modo, probablemente prefieren la man-cha de savia o la guía de néctar de un tipo de flor que nunca han visitado.

Los colores de las flores poseen aún una tercera utilidad y está, según mi opinión, es la más importante. Cuando las abejas han comenzado a visitar una flor, permanecen fieles a este tipo de flor durante muchos días, o aún durante muchas semanas; una abeja determinada visita siempre en sus vuelos en búsqueda de alimentos una

FIG12. Las flores azules del nomeolvides (Myosotis)  poseen un ani­llo  amarillo   (mancha  de  savia)   alrededor  de la  entrada  del  lugar donde se encuentra el néctar.

especie determinada de flor. Esto resulta ventajoso para las abejas, quienes encuentran en todas las flores de la misma especie el mismo mecanismo floral y de este modo, una vez familiarizadas con él, ahorran tiempo. Es ventajoso también para las flores, ya que su polinización depende de las abejas que vienen de otras flores de la misma especie. Como las abejas se especializan en ciertas flores, tienen que ser capaces de distinguir las diversas especies que se encuentran en sus lugares de alimentación.

 

3 Aún no publicado (1950)

El color es seguramente un auxiliar importante de las abejas en la tarea de reconocer un tipo particular de flor, pero no una guía infalible. Existe una dificultad que los biólogos del pasado no conocían. Hemos aprendido que las abejas no pueden distinguir tan­tos colores distintos como nosotros; solamente cuatro, en lugar de aproximadamente sesenta. Les resulta por eso im­posible reconocer una cierta flor solamente por su color, ya que probablemente existen otras flores que poseen el mismo color para ellas. De ahí que deban disponer de otros medios para distinguir con precisión las distintas especies de flores.

Quizás sea la forma de una flor la nota mediante la cual una abeja la distingue de otras especies. Para descubrir si esto era cierto enseñé a las abejas a reconocer un cierto diseño de papel coloreado pegado alrededor de la abertura de una caja de cartón que contenía agua azucarada. Apli­qué a otras cajas sin alimento papeles del mismo color, pero cortados según diseños diferentes. Usando los diseños de la figura 13, en poco tiempo enseñé a las abejas a di­rigirse a la caja señalada con una de estas figuras. En un experimento, por ejemplo, el alimento fue colocado du­rante algún tiempo en la caja marcada con el diseño radia­do; retiré después esta caja y coloqué sobre la mesa de experimentación varias cajas nuevas y limpias que no ha­bían sido aún tocadas por las abejas y estaban marcadas con trozos de papel coloreado, cortado según los diseños de la figura 13. Muchas de las abejas se introdujeron en las cajas señaladas con el diseño radiado no obstante carecer todas ellas de alimentos. Solamente unas pocas abejas vi­sitaron las cajas marcadas con el otro diseño.

En otros experimentos, en los cuales utilicé figuras geo­métricas, no tuve éxito, no obstante haber repetido el adies­tramiento durante muchos días. Las abejas no aprendieron a distinguir un triángulo de un cuadrado o un círculo. Pensé que podrían aprender a distinguir solamente el tipo de figura que encuentran normalmente en las flores y que no podían habituarse a los nuevos diseños, porque nunca se habían enfrentado antes con formas coloreadas triangulares o cuadradas (von Frisch, 1915). No obstante, al continuar estos estudios unos pocos años después, la Dra. Matilde Hertz (1929) descubrió que las abejas podían aprender con mucha facilidad a distinguir un triángulo, un cuadrado, o cualquiera de las formas de la fila superior de la figura 14, de los rectángulos u otras formas de la fila inferior de esta figura. Pero eran incapaces de aprender a distinguir entre sí, tanto las diversas formas de la fila superior, como las de la fila inferior.

 

FIG. 13. Las abejas pueden distinguir fácilmente esquemas de este tipo.

Hertz dedujo de estos y otros resultados, que la percep­ción de las formas está basada en criterios diferentes en las abejas y en el hombre. Parece que para el ojo de la abeja, el factor más importante es lo que Hertz ha llamado el grado de "quebradura" de un diseño. Todos los diseños de la fila superior de la Figura 14 pueden ser claramente diferenciados por el ojo humano, que observa su forma; pero para las abejas no se diferencian, porque la quebradura de las figuras es aproximadamente la misma. La longitud del contorno o la línea de contraste entre la figura y el fondo es pequeña en estos casos; todas estas figuras son manchas sólidas. Pero en los diseños de la fila inferior de la figura 14,  la  longitud  del  contorno  es  considerable son figuras extendidas.   De  esta  manera,  su percepción de la forma esta basada en  criterios completamente diferentes a los nuestros, hecho que puede estar relacionado con el distinto ordenamiento óptico del ojo compuesto del insecto, por una parte, y la semejanza del ojo humano con una cá­mara oscura, por la otra. Pero la razón principal de la diferencia, puede muy bien residir en el hecho de que las abejas ven los diseños durante el vuelo. Como el ojo de la abeja está rígidamente fijo sobre su cabeza, un diseño quebrado produce probablemente a la abeja en vuelo una impresión titilante.

FIG. 14. Las abejas no aprenden a distinguir entre sí los esquemas de la fila superior de la figura o los de la fila inferior. Pero el ojo de la abeja  distingue claramente cualquier esquema de la fila superior de cualquier esquema de la fila inferior.

En efecto; experimentos recientemente realizados por H. Autrum (1948, 1949), han demostrado claramente que esto es lo que sucede. De este modo, se pue­de comprender cómo la quebradura de un diseño, más que su forma, puede ser la base importante para la percepción de la forma.

Ahora bien: las flores de distintos tipos de plantas ofre­cen a menudo un grado similar de quebradura del diseño, aun cuando sus formas resulten claramente diferenciadas para nuestros ojos; de ahí que la forma de las flores no pueda servir a las abejas más eficazmente que el color, como un medio preciso para la distinción entre las diferentes especies. Las abejas tienen que poseer otros medios, mejores y más seguros que la forma y el color para reconocer las flores. ¿No podría ser uno de ellos el aroma que es tan característico de cada flor? Estas consideraciones me lle­varon a estudiar el sentido del olfato en las abejas, trabajo que describiré en el próximo capítulo.

 

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